Finalmente Alberto se fue.
Partió un día feriado, yo creo que para que nadie la tuviera complicada y pudiéramos estar ahí con sus hijas.
Me gusta imaginarlo riéndose, como él siempre hacia cuando me veía: "Que haces nena!!?" y se reía.
De repente recortes de mi infancia más temprana fueron apareciendo así, como fotos en blanco y negro una detrás de la otra. A medida que iban pasando iban tomando color y se hacían mas grandes, ampliadas. "Momentos revelados" como me gusta decirles.
Lo vi asomándose desde la punta de esa escalera enorme con peldaños de mármol que era la casa de al lado, la de mi amiga, la de mi hermana de la vida.
Lo recuerdo con Diana, esa perra hermosa que tenían y yo, había adoptado en secreto, como propia.
Cierro los ojos y lo veo en su Peugeot, ése que para mí, era el auto de Batman. Me encantaba y siempre lo miraba asombrada al lado de nuestro pequeñito Citroen amarillo.
Me gustaba estar con él. Me reía. Siempre tenia un cigarrillo en la boca. Eso si también lo recuerdo.
Algunos momentos los tengo borrados, pero si en cambio la veo a mi amiga, entrando de su brazo al casarse y yo temblando, porque tenia que leer algo que había escrito para ella. Lo recuerdo a Alberto contento, nervioso pero contento. Recuerdo su mirada sonriente y un guiño cómplice, como diciendo alguna cosa, pero de las lindas. Son esos momentos en los que recordas la secuencia, en cámara lenta y como en cine mudo pero aún asi las emociones estan, ahi, vibrando en alguna parte de la memoria.
Se fue nomás.
Y ahora queda eso que no se muere nunca. Que no se lleva ni el cáncer mas duro, ni los años mas largos.
Queda la historia, queda el recuerdo, quedan esos momentos que no pasan de moda. Queda el rollito de fotos grabado en tu mente.
Para siempre, porque eso no se muere jamás.